Edición N° 2318
Registro DNDA N° 5356168

La Plata, Buenos Aires. Argentina
Opinion
Punto de vista

"En las medidas que provocan el hambre, el dolor y la exclusión de la niñez se ve la cara del mal, del pecado", por Marcelo Leyría (*)

Recientemente se dio a conocer un informe del Barómetro de la Deuda Social de la Infancia (UCA) que arroja estadísticas de las que se han hecho eco infinidades de medios y personalidades haciendo hincapié en datos tales como que el  51,7% de los niños y niñas del país son pobres y el 10,2% indigentes...


Que en el Conurbano la situación es aún peor porque los niños pobres alcanzan el 63%.  Que el 13% de los niños argentinos pasó hambre durante 2018, el 29,3% de menores de edad tuvieron déficit en su alimentación, que creció el 35% la asistencia a comedores infantiles o que el 15.5% de los niños y adolescentes del país se encuentra en un contexto de explotación infantil.

Sin dudas esto datos estremecen y, para quienes nos encontramos trabajando hace años en los barrios, en las periferias y venimos advirtiendo la aceleración y profundización del deterioro económico y social, estos números cobran otra dimensión si tomamos conciencia de los rostros, de las personas y de las historias de vida detrás de cada cifra.

La ciudad de La Plata, lamentablemente, responde a esta terrible tendencia. Un dato sirve de ejemplo: según datos relevados por el Observatorio Socioeconómico de la Universidad Católica de La Plata en 167 asentamientos de la ciudad donde viven 132.000 personas, 11.470 son niños y niñas de 0 a 4 años de los cuales 2900 presentan algún grado de desnutrición.

Este panorama que atraviesa nuestro país, nuestra ciudad, es moralmente inaceptable. Esos niños que no eligieron nacer donde les tocó, que no decidieron sus circunstancias, deben ser cuidados por los adultos que los tutelan y en caso de que estos, por los motivos que fueran no pudieran, como bien establece el principio de subsidiariedad, es el Estado el que debe actuar.

El Estado tiene la obligación de intervenir para compensar los diferentes puntos de partida con el fin de que la igualdad de oportunidades sea más que una frase hecha que nos deja tranquilos. Debemos dejar de escandalizarnos y quejarnos y actuar con políticas concretas que vayan paliando las urgencias y construyendo mejores condiciones a largo plazo.

De aquí que quienes nos estamos preparando para dirigir el destino de este país, desde el lugar que sea,  lo hagamos conscientes de que en muchas ocasiones el bien mayor, obliga a dejar de lado las aspiraciones personales que tanto daño le han hecho a la política y han generado malestar y descreimiento de la gente en la clase dirigente, instándonos siempre a anteponer el bien común que debe mover nuestro trabajo de cada día, intentando sumar las voluntades que puedan generar ese cambio que tanta gente necesita.

Este modelo económico ha provocado la sistemática exclusión de los sectores más desfavorecidos llevando a la infancia a una situación límite en la que los han convertido en los más pobres entre los pobres. 

Vemos en estas medidas que generan hambre y dolor de tanta gente y en especial de los niños y niñas,  la cara del mal, del pecado; no el de una persona, sino el pecado de un sistema económico que genera la exclusión de miles y miles de argentinos.

Este gobierno es insensible al sufrimiento de su Pueblo. La indiferencia y la falta de amor en cada medida de gobierno van modelando el rostro del mal.

La falta de sensibilidad, la brutal indiferencia por parte de este gobierno, van consolidando estructuras de pecado porque el hambre, la exclusión y la indiferencia lo son y, si devienen de un sistema económico y político,  conforman, consecuentemente, un “pecado estructural”,  la cara del mismo “mal” expresada en un “modelo económico” que se aleja cada vez más de su Pueblo y, por la tanto, de Dios.

(*) Dr. Marcelo Leyría Dirigente Político y Social - Encuentro Peronista